Por fin, un descanso.
Y ¿qué mejor manera de descansar?
Las luces bajan poco a poco su intensidad para, derrepente, encenderse de una manera cegadora con mil colores.
Empieza la melodía y los pies empiezan a moverse incoscientemente al ritmo.
El pulso se te acelera, empieza a sonar la batería. El sonido de las baquetas se confunde con tus latidos y no sabes si se han hecho uno o simplemente tu corazón ya no late de la emoción.
Comienza la letra. Esa canción que te encanta. Todos simplemente escuchan, nadie canta, pero tus labios inevitablemente hablan. Nunca se lo he dicho a nadie, pero cuando estoy triste siempre me siento frente al piano y canto mientras la toco. No entiendo por qué pero me anima, me siento bien.
Los conciertos. Lo admito, adoro los conciertos. Y más aún si es tu amigo el que lo da.
Y aún hoy, siempre me pregunto ¿en qué piensas cuando estás ahí arriba?

No hay comentarios:
Publicar un comentario